Ya no jugamos al todo o a la nada, ya no tenemos ocho años y no nos revolcamos en el jardín con las hojas secas de los árboles. Ya no perseguimos burbujas de jabón, ni nos inventamos el nombre de las cosas, ni tan siquiera ponemos semillas entre algodones para comprobar como la vida transcurre entre las paredes de un tarro de yogur. Ya no nos escondemos bajo la mesa cuando hay algo que nos da miedo, ni nos tapamos bajo la manta pensando que de esta forma todos nuestros demonios no nos van a encontrar. Ya no, ya no somos niños aunque en numerosas ocasiones nos comportemos como tales. Ya no pedimos deseos al soplar las velas de una tarta, ya no pasamos la noche en vela esperando los regalos del día 6 de Enero.
Ahora perseguimos otros sueños, nos emocionamos con cosas distintas... podemos sentir una canción hasta lo más profundo del alma, podemos compartir recuerdos, podemos saborear cada instante y podemos encontrar en la tristeza un refugio desde el cual coger fuerzas para convertirnos en personas mejores. Ya no somos como solíamos ser, o quizás sí. Yo ya no recuerdo como era, ni tan siquiera sé como soy en este preciso instante. Lo daría todo por volver a ser niña otra vez...
Recordándoos que aún tenéis un niño dentro: Mar
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